Basado en Miami, Florida, Creativeye.Reviews es el blog de la comunicadora Mariana Azpurua donde se pasea por todo lo que existe "entre lo sublime y lo profano"

 

Yuz Asaf

Yuz Asaf

I
Tenía frío y le dolía todo el cuerpo. Las heridas que cubrían prácticamente cada centímetro de su piel, le escocían terriblemente. Había dormitado por momentos pero la fría y dura roca sobre la que le habían depositado desde la tarde, no le permitía conciliar un sueño profundo. Sentía miedo también. Se le subía desde las entrañas cada vez que pasaban por su mente las imágenes de todo lo ocurrido en los últimos días. Los ojos cerrados se le llenaban de lágrimas y las sentía saladas en la garganta. Trataba de alejar aquellas escenas terribles de su memoria y consolarse en que por fin la pesadilla había terminado. Por el momento.

Debió haberse quedado al fin dormido, porque no escuchó cuando se separó la roca de la entrada y entraron los dos hombres. El sonido de sus sandalias en la grava desnuda, se coló en su modorra y le produjo escalofríos en la columna vertebral. Los lienzos que cubrían su rostro no le dejaban ver claramente, pero eran lo suficientemente transparentes para permitirle percibir las siluetas de los dos individuos. No podían ser más diferentes. Uno bajo y macizo, con voz de bajo profundo. El otro, larguirucho y desgarbado, con aquel tono aflautado y nasal que con frecuencia provocaba burlas. Su corazón se enterneció con las dos familiares presencias.

Tenía que ser cerca de la medianoche, calculó por lo negro y compacto de la oscuridad fuera de la boca de aquella caverna. Al fin, volvió en sí totalmente cuando comenzaron a separar los paños del sudario en el que lo habían envuelto más temprano. Escuchó el chasquido y sintió un dolor punzante mientras le despegaban los hilos de lino de las costras de sangre reseca adheridas a la piel; o a lo poco que quedaba sano de ella, la grasa y la dermis con sus estructuras expuestas. El ardor de las llagas se despertaba a medida que algunas estallaban en sangre y una oleada de horror lo mareó de nuevo.

-¡Oh, Padre!- musitó- ¡Por piedad, no más dolor! 

El flaco se tensó condolido. Solamente ver el cuerpo de aquel gigante una vez fornido y exuberante de poder, convertido en despojos sanguinolentos, atenazaba de pena el alma.

-¡Lo siento Raboni! ¡No quería hacerte daño! ¡Pero sin esta pomada tardarás mucho en recuperarte!

-Lo sé, gracias…- respondió el herido en un susurro – También a ti- se dirigió al petiso- Por todas las molestias que te has tomado y riesgos que has corrido. Siempre. Nada más venir a estas horas, esta noche… ¡los pone a ambos en peligro de muerte!

- No te preocupes por eso... el riesgo está calculado y tenemos que seguir hasta el final – respondió el interpelado - ¿Tienes todo lo que necesitas? ¿Me puedo marchar?- preguntó dirigiéndose a su compañero.

-Sí, chaver, todo está bien. Termino con esto y me largo también ¡Ve con cuidado!- dijo la voz de flauta.

-No has de preocuparte por mí. ¡Cuida de él! Es todo lo que hace falta- se escuchó el vozarrón mientras partía.

El herido se introdujo como pudo en la tina de aquella sustancia viscosa que le habían preparado. Primero le produjo un fuerte ardor, más casi de inmediato sintió alivio. El otro retiró las costras a media que se humedecieron, despegándolas poco a poco con pequeñas gasas, limpiando cada centímetro de piel con esmero. En algunas partes, la piel del cuerpo estaba convertida en tiras. Las taxilli habían hecho su trabajo a conciencia.  

El roce de la tela hacía estremecer al llagado y sus gestos de dolor llenaban de lágrimas los ojos del tratante. Le lavó la cabeza con agua entibiada al rescoldo, retirando los pegotes. Coágulos, trozos de hierba seca y restos de palos, se entreveraban con las hebras de cabello en una maraña compacta. Escarbó, enjuagó y peinó, hasta volver la melena castaña a una condición razonablemente decente. Mientras separaba el cabello en partes, veía los desgarros en el cuero cabelludo. Heridas abiertas por donde en ocasiones podía asomar el cráneo. Tomó las tijeras y cortó el cabello dejándolo de no más de cuatro dedos de largo. A estas alturas, el nazareato ya no tenía función en la vida de este hombre escarnecido y lacerado. Más importante era no ser reconocido.

Colocó también ungüento en las heridas de la cara y la cabeza y la envolvió en un lienzo nuevo, recogiendolo todo en un turbante. Hecho esto, limpió  y se aprestó a marcharse dejándole una túnica de algodón no muy nueva, un manto de lana castaño y azul, un cinto de cuero y sandalias. También su propio cayado, hecho de alerce del que crece en las laderas del Hermón, del que estaba tan orgulloso.

Salió con sigilo, con la mirada y el oído aguzados, corriendo de nuevo la roca tras de sí. Dejaba a su Raboni solo de nuevo, con un odre de agua y un pequeño candil de aceite. Sintió otra vez aquella opresión miserable en el pecho.

Al cesar el ajetreo a su alrededor, la tristeza regresó al herido. No podía dejar de pensar en su hermano y en el rostro de su madre contorsionado de dolor. Un llanto silencioso apretó su garganta. Se quedó dormido mientras elevaba una oración por el alma del primero. Su sueño febril fue interrumpido muchas veces por clavos de caligae en los empedrados y golpes de gladius contra la roca de la entrada. Soportaría largo tiempo la maldición de revivir en sueños, el horror que deseaba desaparecer de su memoria. Los días siguientes, su mente divagó entre el sopor pegajoso y un mar de pesadillas. Sin embargo, también iba mejorando y el espanto fue tomando distancia, dejando espacio a ratos de descanso.

Poco antes del amanecer del lunes, la roca fue corrida de nuevo y el hombre de blanco entró, iluminando el recinto con la luz nacarada que emitía. Él ya estaba vestido y esperaba desde hacía buen rato, tan repuesto que nadie hubiese dicho que era el mismo. Él hombre de blanco lo abrazó.

-¡Es hora de partir hijo mío!- le dijo muy bajito.

El abrazo lo reconfortó, le dio fuerzas y terminó de sanar lo que el  marham-al-Rasul hubiera descuidado. Salió con paso algo inseguro a la incipiente luz del alba. Atravesó el césped mojado de rocío, del jardín funerario donde se encontraba y salió al camino, dispuesto a recorrer los 60 estadios que lo separaban de Emaús. Se sentía tan bien que desbordaba optimismo.

¡Todo le parecía más vivo que nunca! Se dobló sobre las flores del seto a la entrada del bien cuidado jardín y las tocó, percibiendo la humedad sobre los blancos pétalos exaltados. Entonces, escuchó los murmullos y pasos apresurados que se acercaban por el camino aún en sombras. Eran voces de mujeres y se preguntó quiénes serían. No había tiempo para ocultarse porque ya estaba a la vista del grupo, así que continuó inclinado sobre las flores simulando contemplarlas.

Aguzando el oído, reconoció por fin las voces que trataban de comunicarse mediante urgentes murmullos, mientras se apuraban unas a otras.

-¿Será suficiente este bálsamo?- decía una y otra respondía- ¡Espero que sí! Es una lástima que el Pesáj no nos permitiera embalsamarlo antes…

-¡Tres días es mucho, Ima! ¡Debe apestar bastante!

- ¡Es mi hijo! - repuso una voz triste – ¡Aunque la peste fuera insoportable, nada me impediría ungirlo!

A una de las mujeres le dio un vuelco el corazón, vio a aquel hombre en el camino hacia la bóveda y se detuvo sobresaltada. Las demás hicieron lo mismo soltando un gritito alarmado. Dejaron escapar la presión, riendo al unísono por lo bajo, cuando alguna comentó con alivio:

-¡Es el jardinero!

Él las vio pasar a su lado sin reconocerlo y continuar a brincos como cabritillas, por el sendero que acaba de recorrer a la inversa. Luego las percibió en la distancia detenerse extrañadas y corretear de un lado a otro, al ver la piedra que cubría la entrada fuera de puesto. Casi podía escuchar sus llantos y gemidos. Más tarde vio al hombre de blanco acercarse y hablarles y los rostros de júbilo de ellas mientras se abrazaban. Cuando las vio venir de regreso, se apostó en medio de la senda

-¡Por favor, déjanos pasar!- le decía una agitada -¡Tenemos que ir a dar una noticia muy importante!

-¿Que sigo en el mundo de los vivos?- les respondió. Las tres mujeres se miraron incrédulas y de nuevo a él.

- ¿Qué dices? ¡Tú no eres…!- comenzó escandalizada y agregó en tono autoritario su madre – ¡Apártate, por favor!

-¿No me reconoces, Ima?- preguntó con tono dulce – ¿Tampoco tú, Salomé? ¿O tú, María?

Las mujeres miraron con más detenimiento. No era fácil reconocerlo sin la sangre y las heridas que cubrían todo su cuerpo, la última vez que posaron sus ojos sobre él. Estaba un poco demacrado, pero la ropa limpia y el cabello lavado y corto, le daban el mismo aire de realeza al que estaban acostumbradas. Ese que impresionaba tanto a los extraños.

Las mujeres cayeron de rodillas profiriendo exclamaciones. Se abrazaban alternativamente a sus piernas y entre ellas. No sabían si reír o llorar. Gritaban que era imposible y al mismo tiempo daban gracias a Dios. El Rabí tardó un poco en calmarlas y luego les habló:

-Ima, necesito que les digas a los hombres que estoy bien. Me hace falta verlos lo más pronto posible. ¿Sábes dónde están?

-¡Se han desperdigado cubiertos de temor hijo mío! ¡Se esconden! ¡Temen seguir tu suerte!

-¡Tienen que buscarlos, Ima!- les dijo- Deben saber que voy camino a Emaús y que tenemos que encontrarnos en algún lugar. ¡No puedo partir sin dejarles mi mensaje!

-¿Partir? – lloriqueó su madre compungida – ¡Has vuelto de la muerte hijo mío! ¡Te quiero conmigo!

-¡Y contigo estaré, Ima!- le respondió- ¡Pero no puedo pasearme por allí como si nada! ¿Qué piensas que ocurriría si me viesen? ¡Avisa a mis hombres que me encuentren en el camino!

Las mujeres echaron a correr como perseguidas por un perro rabioso y al llegar cerca de la ciudad, intentaron calmarse para no llamar la atención. ¡La excitación era demasiada! ¡Que noticia más feliz traían con ellas!

"Llevo tu luz y tu aroma en mi piel..."

"Llevo tu luz y tu aroma en mi piel..."

La salida

La salida